Cierto día quejumbroso y deprimido, acontece lo más temido en la vida de Joseph Brown, lo más incierto y desesperado en la historia de su larga vida. Hoy hace brincos de una nueva realidad. Lo que ha buscado por años, ha sido el resultado de toda su fuerza interior de ya más 30 años. Acontece. Ha recuperado la pasión de su vida, el reencuentro con su añorada juventud, aquella que ya estaba bajo telarañas y quizás putrefacta entre los escombros.
La mezcla perfecta de aceites y vinos añejos, la dosis exacta de extracto jazmín y peonia, el té verde reposado durante semanas, mas bien 27 días y aquella gota de lluvia de año bisiesto, hicieron que Joseph diera reversa a su vida y se encontrara frente a la juventud. Y no es que obtuviera un cutis nuevo, una piel lisa y tersa, ni mucho menos la vista de lince de sus 25 años ni mucho menos el oído finamente pulido durante sus idas misteriosas a los roqueríos y acantilados. Era la nueva sensación de su vida, la esperanza de reconquistar lo perdido, las agallas nunca antes tenidas. Aquel jarabe de la Plenitud, como bautizó, lo había convertido en un hombre nuevo. Sintió como su sangre llegaba con fuerza a su corazón, apuñalando sus paredes con un ímpetu milagroso, es que pudo percibir como aquella sangre enrojecida más de pasión que hemoglobina, era expulsada de sus nuevos ventrículos. Sentía el recorrido de ella, por donde quiera que se dirigiera, hasta tuvo la percepción de un posible intercambio de oxígeno y dióxido de carbono en sus pulmones. Lo más fantástico aún, fue el resultado de una rica merienda, en el que vivió el más curioso proceso digestivo de su vida, es que nunca pensó que el proceso peristáltico pudiera marearlo tanto, ni que el acido clorhídrico podría transformar tan rico estofado en ínfimas partes. Llamó su atención la emulsificación de las grasas, su respectiva absorción y la sensación gigantezca de deposicionar. Definitivamente se encontraba en el Génesis de su vida.
Ya habían pasado horas y volvió en si. Recordó la entrega mensual de harina al pueblo, y debió rapidamente cargar sacos y sacos que se multiplicaban entre cada ida y vuelta a su tercio de carreta, simplemente los años le habían pasado también la cuenta. Pero hoy era un día especial parecía un joven de 20 años, y el cargamento no fue difícil, por primera vez en su entrada a la vejez lo encontró placentero. Sus musculos flexionaban de una manera suprema, sus rodillas fibrosas ya no eran un impedimento para cargar ahora dos sacos de harina, uno en cada hombro, como en aquellos tiempos….
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